Era mala idea detener a Juan Guaidó y Maduro lo sabía

En nuestro artículo anterior hablamos someramente de uno de los fundamentos esenciales de la lucha no violenta: hacer que el ejercicio de la opresión sea contraproducente para el o los opresores. Esta es quizás una de las técnicas o tácticas más efectivas a la hora de luchar contra cualquier poder opresivo.

Hace algún tiempo, en nuestro canal de Twitter, contamos en un hilo la historia de un brutal agente policial serbio que, durante la época del levantamiento contra Milošević, fue el blanco de una acción no violenta que hizo que su brutalidad con los jóvenes detenidos se volviera en su contra y en contra de su familia.

¿Ayuda humanitaria u ofensiva no violenta?

Después de lo que pareciera la planificación de una cuidadosa estrategia por más de un año, en enero pasado, una parte de la oposición venezolana lanzó una ofensiva no violenta contra el régimen de Maduro. Comenzó con la asunción del diputado Juan Guaidó, hasta entonces casi un completo desconocido, como presidente de la Asamblea Nacional.

Poco después, Guaidó asumió como Presidente encargado y casi en paralelo, aprovechando el momento, se organizó una operación para introducir ayuda humanitaria a Venezuela. El régimen respondió en el terreno que mejor se desempeña: en el de la violencia. Impidió el ingreso de la ayuda —lo sigue haciendo— y desató una verdadera campaña de terror en las fronteras.

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Aunque la oposición no pudo cumplir con su cometido de introducir la ayuda, y recibió toda clase de críticas por la mala organización de la operación, la verdad es que quien más maltrecho salió del percance fue el régimen de Maduro. No sólo quedó ante el mundo como una dictadura opresora, violenta y deshumanizada, sino que además descubrió con horror que su control sobre las Fuerzas Armadas no era tan férreo como pensaba, cuando desertaron más de 600 efectivos a Colombia.

Lo cierto es que la ayuda acaso pudo pasar por cualquier punto de la muy porosa frontera Venezolana. Pero quizás no habría tenido el mismo impacto táctico. La oposición terminó poniendo al régimen de Maduro contra las cuerdas, en una disyuntiva de perder-perder. Como dije en mi artículo anterior, nunca antes el ejercicio de la opresión le había salido tan caro al régimen.

Y eso fue lo que sopesó a la hora de decidir su posición ante el regreso de Guaidó.

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Juan Guaidó vuelve

Después de los incidentes de la frontera, Juan Guaidó se quedó en el exterior, pero prometió regresar. Mientras realizaba una gira por varios países latinoamericanos, la expectativa por su vuelta crecía. La oposición convocó concentraciones para acompañar su regreso y recibirlo aunque no se sabía bien por dónde ni cómo entraría al país.

En un clásico ejemplo del truco narrativo de inversión de expectativas, el Presidente Encargado del país llegó a Venezuela en un vuelo comercial normal y entró al territorio nacional por el aeropuerto, como cualquier ciudadano. Fue una demostración de arrojo su parte, pero al mismo tiempo, prueba de la protección que le brinda la comunidad internacional, empezando por Estado Unidos. Una delegación diplomática le recibió en la terminal aérea.

El gobierno, entre tanto, se vio obligado a recular. Si dejarlo entrar como cualquier ciudadano venezolano era malo, detenerle o evitar su regreso habría sido peor. Era una acción opresiva políticamente muy costosa. Acaso, impagable.

Nuevamente, se vieron en una coyuntura de perder-perder. Y decidieron perder lo menos posible, así que lo dejaron entrar.